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domingo, marzo 18, 2007

MR.DANGER Y SU CENSOR.

Guillermo Almeyra

Dos giras opuestas y contrapuestas

El presidente de Estados Unidos visitó cinco naciones de América Latina tratando de escapar a los problemas planteados por su creciente impopularidad en su país mismo y por el aumento de la oposición a su gobierno, así como por el evidente fracaso de su política en Asia (Irak, Irán, Afganistán). Su gira tuvo mucho de manotazos de ahogado pero también mucho de cortina de humo. O sea, de intento por lograr presencia favorable en los medios de (des) información estadunidenses, para desviar la atención de sus conciudadanos, con fines prelectorales, hacia el terreno patriotero que comparte con muchos de ellos. Pero no midió la magnitud de la crisis de la ideología neoliberal, de la dominación capitalista y de la misma hegemonía política estadunidense, ni el gran avance político en América Latina, que lleva por doquier al gobierno a adversarios del imperialismo.

Eso condenó al fracaso, desde el inicio, su gira, y quitó seguridad al discurso de Bush. Por eso en Brasil ni siquiera intentó revivir ese muerto insepulto que es el Area de Libre Comercio de las Américas, ni dar un golpe al Mercosur ni a Chávez (las reiteradas declaraciones de Lula previas a su visita, a favor del primero y contra la campaña antichavista, se lo impidieron). Bush, que es un texano petrolero descendiente de una familia de petroleros, trató de ganar popularidad en Estados Unidos apareciendo como un liberador de los consumidores de petróleo caro y escaso mediante la tecnología brasileña de producción de etanol a partir de la caña de azúcar (los hacendados cañeros de Florida son odiados por sus conciudadanos porque contaminan el ambiente, pero el hecho de que se contamine Brasil y de que enormes extensiones de tierras productoras de alimentos se destinen en cambio a servir a los automóviles de Estados Unidos no les preocupa).

Pero lo que consiguió en Brasilia fue poco, ya que no pudo prometer la reducción de las tasas aduaneras que su país aplica al etanol brasileño, y todo quedó, pues, fundamentalmente, en el plano de las intenciones y las declaraciones. Además, el texano tuvo que engullir las posiciones de Lula frente a Venezuela y, por supuesto, las manifestaciones antimperialistas en las principales ciudades del país latinoamericano donde la política de Washington es más repudiada, y eso es mucho decir.

En Uruguay, a pesar de la existencia en el gobierno de una ala anti Mercosur y favorable a la firma de un tratado de libre comercio con Estados Unidos, tampoco logró nada y, además, debió reunirse en pleno campo, aislado de todos y a 200 kilómetros de Montevideo, con su "amigo" el presidente Tabaré Vázquez, que poco antes de su visita había tenido que declarar sin embargo que era "antimperialista".

Su intento de reforzar a los presidentes de Colombia y Guatemala con sus breves visitas puso igualmente al desnudo su injerencia directa en los asuntos internos de las colonias cuyos gobiernos están amenazados por la protesta popular y demuestran toda su fragilidad y corrupción. También en Colombia y en Guatemala tuvo grandes manifestaciones de repudio que la CNN y otras emisoras se encargaron de difundir por todo Estados Unidos y el mundo.

De su reunión en Mérida con su amigo Felipe Calderón tampoco logró nada más que lo que ya antes tenía, mientras que tuvo que escuchar regaños públicos por el muro de la infamia y por la política represiva contra los inmigrantes, y debió reconocer la responsabilidad de su país, como principal consumidor de drogas, en el problema del narcotráfico. Desde el punto de vista de su imagen, además, Chávez "le robó cámara", las manifestaciones en su contra pesaron mucho más que sus palabras, y apareció como un monarca tan débil que se tiene que esconder de quienes considera sus súbditos en reuniones blindadas y semiclandestinas, y al cual no sólo no le hacen caso ni los más conservadores, sino que también le dicen que no van a hacer nada contra Chávez (que en una gira contrapuesta, pero que tuvo tanta o más prensa que la suya, lo definió apestoso "cadáver político"). Es indudable que una tournée destinada a tratar de reducir sus problemas y redorar su imagen, por el contrario agravó aquéllos y empeoró ésta.

Hugo Chávez, por el contrario, avanzó "a paso de vencedor" desde Argentina, por Bolivia y Nicaragua, hasta Jamaica y Haití. Eso no se debió, como dicen ridículamente algunos medios estadunidenses, a que Caracas tiene petrodólares para desparramar mientras Washington tiene enormes gastos en Asia. Bastaría entonces con que retirase sus tropas de Irak y Afganistán, dejase de gastar en la preparación de la guerra contra Irán y explotase menos a los países latinoamericanos para resolver "su falta de cash".

La figura de Chávez crece porque se apoya en el aumento de la ola de repudio al imperialismo y a la política neoliberal del capital financiero internacional. En toda América Latina la defensa de la soberanía nacional, el ansia de liberación nacional y de justicia social y la protesta contra el aumento de la miseria fueron la plataforma sobre la que se alzó. Por eso se llenó el estadio de Ferrocarril Oeste en Buenos Aires con kirchneristas y antikirchneristas, unidos todos contra Bush, el símbolo del capital imperialista. Y el reflejo de ese proceso en desarrollo fue lo que obligó al gobierno más que moderado de Argentina a declarar, pocos días antes de la visita de Bush, que la nueva doctrina militar argentina consistirá en defender el Acuífero Guaraní (la inmensa reserva de agua que abarca Paraguay, parte de Brasil, Argentina y Uruguay) contra "la agresión de fuerzas superiores en número y en tecnología" (léase, los marines) armando si fuese necesario al pueblo para una guerra de guerrillas.

El dinero venezolano, por lo tanto, sin duda es un factor importante en el apoyo de muchos gobiernos al de Caracas, pero no es lo decisivo. Lo que mueve multitudes y explica la jubilosa recepción al rojo demonio tropical que quita el sueño a la CIA es el odio al imperialismo y la voluntad de liberación nacional.

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