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lunes, agosto 28, 2006

UN PATÉTICO CARNAVAL DE POLÍTICA RETRO.

José del Val.

La derecha está desnuda.

No hay que darle muchas vueltas: lo que estamos viviendo es el desenmascaramiento impúdico del entramado cultural de usos y costumbres políticas, económicas y sociales que impuso a la sociedad mexicana el largo régimen de partido único como la personalidad nacional de los mexicanos.

Estamos viendo la obscena desnudez del modelo económico social, político y cultural, impuesto por la elite gobernante desde mediados del siglo XX, tras su decisión de abandonar los principios, los ideales y los objetivos de la Revolución Mexicana, cuya orientación explícita y general era la erradicación de la desigualdad.

Nada extraño resulta que el silabario de la identidad nacional preferido por la elite nacional durante décadas haya sido El laberinto de la soledad, de Octavio Paz -publicado en 1950-; eso han intentado nuestros oligarcas mixtos: educar a las mayorías, en función de su proyecto depredador. Qué mejor para sus fines que el contar con un gran segmento de la ciudadanía fisurada, enmascarada, simuladora, corrupta, acomodaticia y resignada a las derrotas.

Esta perversa ideología, mantenida durante décadas como política educativa de Estado, ha tenido funciones muy precisas; la principal: la legitimación de la desigualdad: si somos así, ¿a qué le tiramos...?

Pero la perversidad de esta política cultural de Estado, que vemos desmoronarse día a día, tiene anclajes muy profundos y numerosas ramificaciones que iremos desmontando paulatinamente, voto a voto. Por ejemplo: tópicos tan socorridos como que el mexicano es corrupto por naturaleza no sólo son una falsedad, sino una ofensa reiterada. Para que suceda un acto de corrupción, se requiere de dos partes, por un lado el ciudadano que demanda, necesita o requiere de un servicio o un trámite de o en una oficina gubernamental, y por el otro el burócrata encargado.

La acción de corrupción se verifica en el momento que el burócrata solicita o acepta una dádiva por el trámite involucrado. Este es el hecho de la corrupción y que suceda ocasional o generalizadamente es responsabilidad absoluta del funcionario en cuestión; cualquier justificación con que habitualmente tratamos de minimizar, frivolizar o justificar estos actos reprobables, es irrelevante. Menos aceptable todavía es el intentar arroparlo con coartadas seudo ontológicas.

Otro tópico, el cual además nos hemos encargado nosotros mismos de internacionalizar, es el de dar por sentada la proclividad a la simulación como característica de la "personalidad de los mexicanos". ¿Que la simulación es una de las enfermedades endémicas de nuestra cultura es un hecho? Ha sido una realidad incontestable; sin embargo, al igual que la corrupción, ha sido un modelo conductual impuesto intencionadamente y estimulado de diversas maneras como norma de relación entre los políticos y los ciudadanos.

Al igual que la naturalización de la corrupción en nuestra sociedad como tradición social legitimada por irremediable; la simulación, como uso y costumbre aceptada, fue una conducta difundida y naturalizada en nuestra sociedad como eficaz complemento encubridor y legitimador, de la implantación del Estado corrupto, sin duda alguna la más precisa caracterización posible del Estado mexicano, hoy agónico.

¿Qué es lo que estamos presenciando los mexicanos? Un patético carnaval de política retro, que con enorme desesperación venía escenificando la derecha mixta mexicana y que al verse encuerada por la voluntad de la nueva mayoría ciudadana, que no acepta ya, ni transige, con la simulación y la corrupción, se resiste a dejar la escena política, y con gran desesperación rebusca en los viejos baúles ideológicos del partido único un atuendo presentable.

Da pena, me cae que da pena, el bochornoso espectáculo del joven Ugalde simulando broncínea reciedad priísta y peor todavía las apariciones del candidato Calderón posando tras un telón de utilería presidencial.

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