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sábado, marzo 17, 2007

EL CARÁCTER DESINTEGRADOR DE LA GLOBALIZACIÓN.

Desintegración global PDF Imprimir E-Mail
sábado, 17 de marzo de 2007

Por Porfirio Muñoz Ledo

Bitácora Republicana

Asistí estos últimos días, en la ciudad de Rabat, al encuentro Prospectiva Marruecos 2030, destinado a la discusión de un proyecto de integración del Magreb, que desembocó en un excepcional debate sobre las contradicciones y los límites de la globalización. Más de un centenar de participantes locales, africanos, europeos y latinoamericanos nos enfrascamos en un análisis sin concesiones sobre las dificultades objetivas de los países del Sur para integrarse y la capacidad de este proceso de mundialización para fracturarlos.

La lectura de los textos de apoyo presagiaba un encuentro más bien técnico enfocado hacia los tres ejes prioritarios que el proyecto contiene: agua, energía y economía del conocimiento. La elección era sugerente y no faltaron intervenciones puntuales sobre esos temas, pero el debate transitó pronto de las coincidencias fáciles a dudas sistémicas sobre la viabilidad de esos propósitos, habida cuenta de la situación política de esa región y de las tendencias que se observan en las relaciones contemporáneas entre el Norte y el Sur.

La cuestión del Sahara era inevitable. La diplomacia marroquí despliega una campaña de gran envergadura a fin de conseguir apoyos para un proyecto de "autonomía ampliada" de esa comunidad, que no ha dado a conocer en detalle. Sin embargo, parece imposible cumplimentar por ahora las condiciones establecidas por las Naciones Unidas; a saber, un acuerdo satisfactorio para las partes y el principio de autodeterminación. La primera, porque Argelia rehúsa ser parte del diálogo y la segunda porque un estatuto concedido desde la soberanía de Marruecos sería incompatible con la voluntad independentista de los saharauis.

Lo novedoso del planteamiento es el acento, centrado en la reconciliación regional. Esto es, las dimensiones y la vocación de futuro que el proyecto de integración entraña debieran hacer olvidar el pasado. Sólo que no fueron convocados al encuentro ni argelinos, ni libios, ni tunecinos ni mauritanos; menos aún los representantes de la comarca en disputa. Se trataría de ejercer presión desde el exterior, lo que se antoja insuficiente en ausencia de la voluntad manifiesta de los países involucrados.

La posición de los europeos fue prudente y en ocasiones ambivalente. Así el gobierno español, que en encuentro bilateral con los marroquíes externó beneplácito por la iniciativa, días después, en visita a Argelia, dijo lo contrario. Algunos destacaron además el carácter predominantemente autoritario de los regímenes magrebinos, lo que dificulta las convergencias. Concluyeron que los sistemas despóticos no tienden a integrarse, sino sólo a asociarse cuando así conviene a los poderes hegemónicos internos.

Sobresalió la perspectiva humana. El bajo nivel de homogenización alcanzado por los pueblos de esas naciones y la necesidad de una integración cultural mucho más profunda. Subrayamos asimismo los efectos que una vinculación económica de enclaves productivos y sectores de punta a los circuitos internacionales del capital podría causar sobre la articulación interna de esos países. Coincidimos en que la mayor paradoja de la mundialización neoliberal es su propensión a fracturar las cadenas productivas, los tejidos sociales y aun la integridad territorial de las comarcas globalizadas.

Durante la sesión final se escucharon mensajes de aliento, pero también de advertencia. Felipe González optó por una visión optimista de la apertura económica y fatalista en cuanto a la inevitabilidad de ingreso al nuevo escenario mundial. Con apoyo a las experiencias del Sureste asiático, insistió más en las ventajas potenciales que ofrece la nueva realidad internacional y menos en la autonomía de acción política y en la originalidad de los modelos económicos de los países que han insertado con mayor éxito en la globalidad.

Mario Soares sostuvo, en cambio, que el destino de esta globalización es a la vez discutible y desconocido, tanto en el plano económico, como en el político, social y ambiental. Recordó que si bien ha representado un triunfo indiscutible del mercado, ha generado una inmensa concentración de riqueza en los países centrales y desigualdades abismales en los de la periferia; ha consumido el poder de muchos Estados nacionales y entronizado poderes fácticos al margen de toda ética política.

Cristovam Buarque trazó un cuadro dramático respecto de las consecuencias que acarrean a nuestros países los escasos niveles de creación y difusión del conocimiento. Sin una revolución educativa, científica y tecnológica estaríamos condenados a ser los perdedores perpetuos de la globalización y las víctimas recurrentes de la inestabilidad, el autoritarismo y la ilegalidad. Propuso un magno esfuerzo de veinticinco años, nacional e internacional, concentrado por entero en el impulso al conocimiento. "Adoptar una generación", es su lema.

Por mi parte, me sentí obligado a comenzar por el paralelismo entre Marruecos y México, que de toda evidencia somos el Norte del Sur. También por lo que hace a nuestras distintas pertenencias identitarias: ellos como puerta del mediterráneo país magrebino, extremo de Africa, territorio atlántico y nación musulmana con subidentidad judía. Nosotros como parte física y demográfica de América del Norte, antropología mesoamericana, pertenencia política y cultural a la América Latina, cuenca del Caribe y vocación interoceánica.

Me pareció oportuno insistir en la necesidad de acrecentar esas identidades para no extraviarnos en el espejismo del Norte. Para ambos -países de frontera- el equilibrio existencial reside en la articulación de nuestras potencialidades hacia el Sur, hacia el Oriente y hacia el Poniente, pero sobre todo en la integración con nosotros mismos. Expliqué las consecuencias objetivas del NAFTA y el significado del muro afrentoso que se ha edificado para detener el éxodo de nuestros compatriotas.

Afirmé que los únicos procesos recientes de integración dignos de ese nombre son los que han realizado entre sí los países del Norte, porque tienen como propósito último la creación de una ciudadanía común y el libre tránsito de las personas. En cambio, los que han celebrado con los países del Sur pretenden ignorar el fenómeno predominante del siglo veintiuno: el incremento exponencial de las migraciones por el efecto combinado de la demografía y de la apertura económica.

Si los países centrales no asumiesen, con todas sus consecuencias, ese componente ineludible de la globalización, estaríamos ingresando al más peligroso y esquizofrénico de los mundos. De ahí que el entendimiento entre las naciones en desarrollo deba partir, por encima de cualquier proyecto específico, de una solidaridad política esencial y de un concepto civilizatorio que compartamos. Una toma de conciencia sobre el carácter desintegrador de esta globalización y la invención de instrumentos eficaces para revertirla.

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