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lunes, septiembre 25, 2006

DISENTIR PARA ALGUNOS ES SINÓNIMO DE ERUCTAR EL MAICEO.

Esperanzas.

Víctor Flores Olea.
25 de septiembre de 2006.

En el tiempo postelectoral Andrés Manuel López Obrador ha tenido dos opciones básicas: una, conformarse con dirigir un movimiento de izquierda que inevitablemente desembocaría en el reconocimiento del triunfo de Felipe Calderón, con un futuro oscilante que no se alejaría demasiado del destino de la izquierda encabezada por Cuahutémoc Cárdenas. Sería otra forma de encarnar a la "leal oposición", si se quiere.

La gran distancia con el camino elegido es que la izquierda movilizada en torno a AMLO es seguramente la más fuerte en la historia del país, la más radical y también la más novedosa e imaginativa. Y que ha tomado también el camino más riesgoso. Ya hemos escuchado voces respetables que aseguran el debilitamiento de la izquierda, y hasta el ocaso de su dirigente. Nada lo indica, aunque el futuro de la izquierda depende siempre de la inteligencia con que sea conducida. Jamás, en ninguna situación, es recomendable dilapidar el capital político acumulado.

Acierto indudable fue constituir el Frente Amplio Progresista, para integrar un nuevo bloque histórico que promueva un proyecto alternativo de nación que incluiría a los partidos políticos de la coalición y a diversos organismos sociales y sindicales: representaría el polo de la izquierda en la actual división del país, sería el núcleo de un bloque histórico nuevo al que abrió paso la crisis social y política que vivimos.

Algunas de sus virtudes: combinar diversas formas de militancia, la movilización popular con las iniciativas legales, las acciones de masas con las decisiones en los puestos de gobierno y en el legislativo, que ya ocupan representantes de la izquierda y que se fortalecerían mutuamente. Tiene un alcance distinto presentar iniciativas de ley apoyadas por millones de ciudadanos o rechazar las mismas con un apoyo político masivo. Básicamente, en estos tiempos deben desterrarse los acuerdos "cupulares" sobre cuestiones importantes del país.

Debe decirse, sin embargo, que una de las evidentes debilidades de la izquierda mexicana hoy es la ausencia de elaboración teórica de sus objetivos programáticos. Y en general la ausencia de procedimientos democráticos más formales para la toma de decisiones.

Sin teoría, como dirían los clásicos, no hay buena práctica. Se ha hablado de combatir la pobreza y la desigualdad, de defender el patrimonio de la nación, del derecho a la información, de la lucha por la renovación de las instituciones, de erradicar la corrupción y la impunidad. Pero falta más sustancia programática sobre todo cuando se trata de una lucha para el mediano y largo plazo.

Con la derecha en el gobierno debe militarse en contra de su carácter confesional y antilaico, una de sus constantes históricas. No olvidemos que la estructura ideológica profunda del PAN supone el retorno del más rancio conservadurismo, sin ahorrar sus expresiones confesionales y clericales, excluyentes e inclusive xenófobas y discriminatorias.

Y se trata de poner a las instituciones sobre sus pies de verdad, de autenticidad, que antes han sido enviadas al diablo, no por López Obrador, sino por quienes las han manejado para enriquecerse y no para atender las demandas del pueblo. De eso se trata: de rescatar a las instituciones del secuestro, la negación y la corrupción que han sufrido.

¿O no ocurre lo anterior cuando un textilero mafioso les imparte instrucciones de mala manera a gobernadores y senadores, que las atienden instantáneamente no obstante el infinito desprecio que entrañan? ¿O cuando no se olvida el carácter ilegal de las campañas que le dieron un discutido triunfo a Calderón, por instituciones electorales más que dudosas en su conducta?

Se trata también de una batalla cultural. La derecha de hoy afianza sus complicidades con el neoliberalismo de dentro y fuera, y asume el rostro de la dominación para continuar el saqueo de los bienes del pueblo. Tiene un perfil de modernidad sometida a los dictados del neoliberalismo y a los poderes más reaccionarios del planeta. La lucha de la izquierda tiene hoy un significado cultural en contra de la intolerancia, la exclusión, el racismo y el entreguismo que caracterizan a la derecha desde el siglo XIX y que ahora quiere reimplantar.

Decíamos también que el movimiento ha de profundizar la democratización de sus decisiones. La urgencia y las presiones de la situación explican parcialmente la metodología "asambleísta" utilizada hasta ahora, pero en un movimiento a mediano y largo plazo debe fortalecerse la discusión y el carácter democrático de las decisiones.
Diría también que deben desterrarse los procedimientos excluyentes que han ya sufrido distinguidos mexicanos, por el "pecado" de discutir algunas cuestiones específicas. Tenemos los casos de Carlos Monsiváis y Luis Villoro, que se atrevieron a disentir.

Debemos defender el derecho de opinar. Las diferencias de matiz debieran ser estímulos para la discusión dentro de una izquierda que debe ser ejemplo de pensamiento y moral plenamente abiertos y civilizados.

Escritor y analista político

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